Francisco Moreno Fernández, Universität Heidelberg, francisco.moreno@uni-heidelberg.de

Distancias reales y ficticias en los espacios lingüísticos

Real and fictitious distances in linguistic spaces

Abstract

This paper offers a general reflection on the concepts of “space” and “distance” in linguistics. It also presents an overview of the methods applied in the measurement of distances, among which those based on quantitative techniques from real data. The objective description of distances, however, presents such limitations that subjective factors, based on perception processes, must be considered. In this regard, the “focal model” for the analysis of linguistic perception is presented and the concepts of “conceived variety”, “perceived variety” and “imagined variety” are introduced. The analysis of linguistic distances is of interest not only for linguistics, but also for the analysis of social, economic, and educational processes.

Keywords

Perception, space, distance, cognitivism, dialectometry.

Resumen

Este artículo ofrece una reflexión general sobre los conceptos de “espacio” y “distancia” en lingüística. Asimismo, se presenta un panorama de los métodos aplicados en la medición de distancias, entre los que destacan aquellos basados en técnicas cuantitativas a partir de datos procedentes de la realidad lingüística. La descripción objetiva de las distancias, sin embargo, presenta tales limitaciones que obliga a tener en cuenta factores subjetivos y de base metalingüística, basados en procesos de percepción. A este respecto, se presenta el “modelo focal” para el análisis de la percepción lingüística y se introducen los conceptos de “variedad concebida”, “variedad percibida” y “variedad imaginada”. El análisis de las distancias

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lingüísticas resulta de interés, además de para la lingüística, para el análisis de procesos sociales, económicos y educativos.

Palabras clave

Percepción, espacio, distancia, cognitivismo, dialectometría.

1. Introducción

Entre los debates que plantea el estudio de las lenguas, destaca el que se dirime entre la descripción objetiva la realidad lingüística y el tratamiento de los factores subjetivos que la condicionan y sustentan. Esta constatación se revela en la existencia de una lingüística de corte inmanentista (que concibe el lenguaje como una totalidad autosuficiente) (Hjemslev 1943) y una lingüística de base cognitivista (que concibe el lenguaje como una herramienta de cognición y comunicación) (Ungerer Schmid 1996). La diversidad de perspectivas se proyecta sobre numerosos aspectos y manifestaciones de las lenguas. Uno de ellos, bien pegado al terreno y, por lo tanto, a la experiencia vital de los hablantes, es el de los espacios en los que se mueve el uso de las lenguas y las distancias existentes no solo entre unos espacios u otros, sino entre las lenguas mismas.

Estas páginas presentan un abanico de opciones de estudio de los espacios y las distancias lingüísticas, dando cuenta de los fundamentos conceptuales que las respaldan y de su proyección sobre distintos ámbitos de interés para las sociedades. Partimos de una caracterización de los espacios lingüísticos y de las distancias, así como de las estrechas relaciones que entre ellos se establecen (Johnstone 2010; Schmidt 2010), para después abordar los procedimientos de medición de las distancias lingüísticas, distinguiendo entre distancias reales y distancias percibidas o ficticias. Las distintas propuestas metodológicas que aquí se explican darán pie a una mejor apreciación de los campos en que el conocimiento de las distancias puede resultar de utilidad, más allá de intereses puramente lingüísticos.

2. Espacios y distancias lingüísticas

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La palabra espacio es una unidad polisémica con interesantes implicaciones relativas a las lenguas. El espacio puede definirse como un área o extensión que puede ser ocupada por un objeto o una materia. En este sentido, cada una de las lenguas o variedades lingüísticas del mundo son susceptibles de ocupar un área o una extensión, que puede entenderse bien en sentido geográfico, bien en sentido socio-situacional (Auer y Schmidt 2010; Auer, Hilpert, Stukenbrock y Szmrecsanyi 2014). Una lengua puede disponer de hablantes en un territorio determinado (dominio lingüístico: por ejemplo, el francés en Francia), pero también puede ser vehículo de comunicación de un grupo social determinado dentro de una comunidad (por ejemplo, el romaní entre los gitanos de Hungría) o puede ser vehículo de un registro o estilo específico (por ejemplo, el inglés en las instituciones internacionales o el francés en la antigua corte de Rusia).

El espacio ocupado por cada lengua debería venir determinado por la presencia física de sus hablantes; de todos y cada uno de ellos. Si así fuera, el espacio de la lengua española se extendería desde el lugar en que se encuentre el primero de sus hablantes, hasta el punto en que se encontrara el último de ellos. Así, los límites del espacio de la actual lengua española coincidirían con la extensión de la presencia material de sus hablantes, en la práctica distribuidos por todo el planeta. De igual modo, en ocasiones se considera espacio de una lengua aquel en que ha tenido una presencia pretérita, por lo que podría considerarse espacio de herencia hispanohablante aquel en que hubo una presencia histórica de hablantes de español, aunque en el presente esa presencia sea inexistente, como es el caso de buena parte del territorio filipino (Moreno Fernández 2020).

Con todo, la concepción popular más extendida del espacio geográfico de una lengua no se asocia principalmente a la presencia de sus hablantes ni a su historia, sino a los límites de los países o naciones donde tal lengua es considerada como oficial, nacional o vehicular. De hecho, la percepción popular entiende que el actual mapa del español en el mundo habría de ajustarse a las fronteras políticas de los países reconocidos como hispanohablantes. Esto significa que generalmente no se tiene en cuenta ni la deslocalización de las lenguas ni la diversidad de sus territorios ni las diásporas de sus hablantes. Esta realidad pone en evidencia uno de los argumentos centrales de estas páginas: los espacios lingüísticos pueden concebirse de diferentes modos y existen argumentos tanto factuales como perceptivos que los justifican.

La polisemia de espacio, sin embargo, muestra otro sentido de significativo valor lingüístico. Espacio se define también como la distancia entre dos cuerpos. El espacio entre dos lenguas sería, pues, la distancia existente entre ellas, pero el asunto se complicaría al considerar que la distancia entre lenguas podría concebirse en términos geográficos o en términos

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lingüísticos. Cuando se habla de geografía, es relevante pensar no solo en la distancia entre lenguas, sino en la distancia entre variedades de la misma lengua. Cuando se habla de distancia lingüística, es relevante valorar tanto las diferencias que puedan establecerse objetivamente entre dos lenguas o variedades, como las diferencias que puedan valorarse subjetivamente, según la percepción de los hablantes propios y ajenos.

2.1. El espacio lingüístico

Como se ha apuntado, las lenguas ocupan un espacio geográfico en la medida en que lo ocupan sus hablantes, especialmente los que habitan en una misma entidad geopolítica. Esto significa que tal espacio corresponde también a las variedades geolectales que conforman la lengua, variedades que, por su propia naturaleza, se distribuyen dentro del espacio geográfico general. La distribución de los espacios dialectales refleja condiciones históricas, sociales y geográficas diferenciadas, muchas de ellas cambiantes con el tiempo, aunque otras no tanto.

En el caso de la lengua española, las condiciones hidrográficas y geológicas han condicionado la configuración dialectal de la España peninsular (López García 1985), pero las grandes vías de comunicación, la evolución de los medios de transporte y el alcance de los medios de comunicación han posibilitado que los contactos entre unas áreas y otras crezcan exponencialmente hasta difuminar las barreras geográficas. Esta realidad ha tenido como efecto un acercamiento o una mezcla de variedades dialectales, así como una progresiva confluencia en las tendencias de cambio. Por otro lado, la contigüidad de los espacios lingüísticos contribuye al refuerzo y mantenimiento de las comunidades lingüísticas, lo que se evidencia especialmente cuando entran en contacto con comunidades de otras lenguas. En este sentido, la vecindad de las hablas de los países hispanohablantes americanos contribuye a que el español no solo conserve su espacio geográfico, sino a que lo acreciente a costa de las lenguas indoamericanas o de lenguas como el inglés, el portugués o el francés.

En lo que se refiere a los espacios socio-situacionales, la distribución más significativa es la que se produce en las comunidades multilingües, cuya frecuencia está aumentando en todo el mundo por la movilidad poblacional regional, nacional o internacional. La manera en que tal distribución se produce puede ir desde la compartición de contextos hasta su distribución complementaria. En este último caso, el fenómeno más extremo es el denominado “diglosia”, donde una lengua ocupa los espacios públicos, cultos y prestigiosos de la vida social y otra (u otras) ocupa(n) los espacios privados, informales y familiares (Moreno Fernández 2009).

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2.2. La distancia lingüística

Parece más que evidente la correlación existente entre distancia geográfica y distancia lingüística. No necesita mayores argumentos aceptar que la distancia entre las lenguas indoeuropeas y la sino-tibetanas o entre las algonquinas y las yanomami está sustentada históricamente por la geografía. Asimismo, la distancia marcada por los grandes océanos o las grandes extensiones geográficas sigue teniendo un carácter delimitador incluso para las variedades geolectales de una misma lengua. En este sentido, el carácter insular de los hablantes canarios de español ha favorecido históricamente el mantenimiento de unos rasgos propios frente a las modalidades peninsulares, situadas a 2000 Km de distancia. En el caso de América, a pesar del aumento de los contactos personales, la distancia con la península ibérica se hace notar en las respectivas variedades dialectales, como se aprecia también entre las variedades del norte y del sur del continente americano, que pueden situarse a más de 5000 Km de distancia.

La innegable fuerza de la distancia geográfica, sin embargo, se ha visto debilitada durante el último siglo por la acción de factores externos, como los medios de comunicación, la creación de espacios virtuales de comunicación o la movilidad poblacional, en forma de migraciones, exilios, desplazamientos laborales o de turismo. Estos factores están contribuyendo a una relativización de las distancias y a una intensificación de los efectos de las situaciones de lenguas en contacto: mayor facilidad para los préstamos y calcos semánticos entre lenguas; mayor pujanza de las confluencias y de los calcos sintácticos; mayor intensidad de los procesos simplificadores.

Estos hechos no consiguen debilitar, sin embargo, la creencia popular en dos realidades supuestamente insoslayables: 1) que los espacios lingüísticos están ligados a las naciones; 2) que la distancia geográfica se correlaciona con la distancia lingüística. Estas creencias son falsas en su formulación apodíctica. Y ello por varias razones, además de las apuntadas más arriba: la profusión de espacios lingüísticos supra e infranacionales; la abundancia de naciones multilingües en el mundo (más del 80%); o la naturaleza continua de las distancias entre lenguas, lo que las hace difíciles de medir objetivamente.

No obstante, la persistencia de las mencionadas creencias obliga a distinguir dos formas de entender las distancias lingüísticas: como distancias objetivas y como distancias subjetivas. A las primeras les prestaremos atención más adelante. De las distancias subjetivas, merecen

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destacarse en este momento algunos factores que llevan a que las lenguas sean percibidas como distantes o como cercanas. Estos factores son la inteligibilidad, la dificultad de aprendizaje y la agradabilidad o simpatía que provocan.

  • a) Inteligibilidad. Se califica como lenguas o variedades mutuamente inteligibles aquellas cuyos hablantes pueden entenderse sin aprendizaje ni familiarización previas. La inteligibilidad puede ser simétrica, cuando el entendimiento se da entre ambos grupos de hablantes, o asimétrica, cuando el entendimiento por parte de uno de ellos es mayor que el de otro grupo. Por otro lado, la inteligibilidad puede ser parcial o (cuasi)total y puede afectar a la oralidad, la escritura o a ambas. En general, se considera que el checo y el eslovaco son muy inteligibles, mientras que el estonio y el finés o el catalán y el italiano son inteligibles parcialmente. Asimismo, se considera que el portugués de Brasil es más inteligible para un hispanohablante que el de Portugal. Las prevenciones en este tipo de afirmaciones se derivan del hecho de que la inteligibilidad no responde solamente a distancias lingüísticas objetivas, sino también a los temas tratados en el discurso, a la predisposición a la comprensión o a las necesidades comunicativas.
  • b) Dificultad de aprendizaje. Se califica como lenguas difíciles de aprender aquellas que requieren un número de horas mayor que otras para que su adquisición alcance determinado nivel. El Marco Común Europeo de Referencia de las Lenguas (Consejo de Europa 2002) ofrece una estimación de horas de aprendizaje para cada uno de sus niveles (A1: 90-100 h.; A2: 180-200 h.; B1: 350-400 h.; B2: 500-600 h.; C1: 700-800 h.; C2: 1000-1200 h.). En principio, se perciben como lenguas más distantes aquellas cuyo aprendizaje es más demorado o trabajoso. Sin embargo, no necesita mayor demostración que alcanzar un nivel A2 de español para un lusohablante requiere muchas menos horas que las necesarias para que un hablante de mandarín adquiera un nivel A1. Distancias objetivas aparte, también en este caso hay factores subjetivos que hacen más fácil o difícil el aprendizaje, como la motivación o las relaciones de afecto.
  • c) Agradabilidad o simpatía. Se considera como lenguas agradables y simpáticas aquellas que provocan en los hablantes de otras lenguas reacciones o efectos positivos, por su musicalidad, ritmo o paralelismo con la lengua propia. La lingüística popular de Dennis Preston considera que existen dos criterios cruciales sobre los que se construyen las opiniones y actitudes de los hablantes hacia la
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  • lengua propia o la ajena (Preston 1989, 1999, 2010): la corrección y la agradabilidad. Estos criterios afectan a la denominada consideración lingüística (Language Regard) por parte de los hablantes (Evans, Benson y Stanford 2018). También en este caso, factores subjetivos de naturaleza emocional o motivacional afectan a la percepción de una lengua o variedad como agradable o simpática, con efecto sobre la percepción de la distancia lingüística (Giles 1970; Garret 2010).
  • Todas las prevenciones comentadas en la presentación de estos criterios revelan a las claras la dificultad de hacer afirmaciones sobre aspectos que no obedecen a mediciones objetivas. En este caso, no se trata solo de la falta o la precariedad de instrumentos para medir aspectos como la predisposición, la motivación, las emociones, la agradabilidad o la percepción en su conjunto, sino de la naturaleza compleja e inaprensible de un modo absoluto de esas realidades.

    3. Cómo se mide la distancia lingüística

    De todo lo anterior se desprende que las distancias lingüísticas pueden establecerse mediante procedimientos de base objetiva o de forma subjetiva. En un caso y en otro es posible proceder a la medición de un modo ajustado a un procedimiento científico, pero ello no implica que exista un solo método o una sola forma de plantear la investigación. Presentaremos seguidamente algunos de estos procedimientos, más con ánimo ilustrativo que de exhaustividad.

    3.1. Medición de distancias reales

    La medición de la distancia entre lenguas ha sido un asunto de interés para lingüistas y no lingüistas desde hace décadas. En lingüística existe una especialidad denominada específicamente dialectometría (Séguy 1973; Goebl 2011) que nació precisamente con ese interés. Desde este campo, Enric Guiter (1991) intentó cuantificar el grado de intercomprensión entre dos áreas lingüísticas según el número de rasgos coincidentes. Para ello propuso una jerarquía basada en las coincidencias de rasgos localizados en conjuntos de mapas procedentes de atlas lingüísticos. Un atlas lingüístico es una colección de mapas que presentan la

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    distribución geográfica de un rasgo o elemento lingüístico determinado en los puntos donde los datos han sido recopilados.

    Al comparar y analizar los rasgos lingüísticos registrados en dos localizaciones, pueden contabilizarse las diferencias que se detecten entre ellas. Así, la cantidad de diferencias marcaría la distancia lingüística entre las dos localizaciones analizadas, de modo que podría establecerse una jerarquía entre esas deferencias. Henri (Enric) Guiter propuso la siguiente jerarquización:

    Si las diferencias son de un 80% a un 90%, se trata de lenguas diferentes.

    Si las diferencias son de un 50% a un 80%, se trata de dialectos diferentes.

    Si las diferencias son de un 30% a un 50%, se trata de subdialectos diferentes.

    Si las diferencias son de un 20% a un 30%, se trata de hablas diferentes.

    Si las diferencias son de un 15% a un 20%, se trata de subhablas diferentes.

    Como se aprecia, la intención de esta metodología no es solamente cuantificar la distancia lingüística, sino categorizar esa distancia de acuerdo con unas etiquetas preestablecidas. Asimismo, la medición de las distancias dos a dos entre una red de puntos permite identificar los límites geográficos tanto de una serie de usos lingüísticos, como de las categorías prestablecidas dentro del territorio configurado por la red (dialecto, subdialecto, habla…).

    Por otro lado, la iniciativa eLinguistics ofrece una herramienta informática que cuantifica la distancia o proximidad entre lenguas a partir de la comparación de una serie de palabras clave, junto a un análisis de su vocalismo y consonantismo. El método parte de la selección de 18 palabras clave y el resultado es la medición de la distancia entre pares de lenguas, de un total de 220, expresada con un valor numérico entre 0 (distancia nula) y 100 (máxima distancia). Así, por ejemplo, la distancia entre el serbio y el croata arroja un valor de 2,8; entre el

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    neerlandés y el alemán, de 18,7; entre el español y el catalán, de 25,5; entre el inglés y el alemán, de 30,8, o entre el chino y el japonés, de 81,5. La obtención de estos valores permite generar matrices de datos que reflejan las distancias lingüísticas entre lenguas.

    A su vez, la tabla de correlación que recoge las distancias relativas cuantificadas por eLinguistics permite generar un árbol utilizando el mismo tipo de técnica manejada en genética y biología. De hecho, los autores de esta propuesta hablan no solo de distancias lingüísticas, sino de distancias genéticas entre lenguas.

    Evidentemente, esta asociación entre ambos tipos distancias tiene un carácter deductivo, no empírico, por lo que no puede compararse con el ejercicio realizado por Luca Cavalli-Sforza (1996) en el que se muestra una superposición entre los grupos étnicos del mundo, según su

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    ADN mitocondrial, y la clasificación de las lenguas propuesta por Merritt Ruhlen (1994). En cualquier caso, la validez de esta última correlación también es relativa cuando la vida de las lenguas se asocia a grandes acontecimientos sociodemográficos, lo que se observa especialmente cuando se trata de lenguas internacionales o transnacionales (Moreno Fernández 2018).

    Una tercera perspectiva para medir las distancias lingüísticas es la abordada por los economistas Barry Chiswick y Paul Miller (2005), quienes propusieron una cuantificación basada en observaciones sobre el tiempo de adquisición de una segunda lengua en situaciones de inmersión. En concreto, su estudio analizó la adquisición del inglés por parte de inmigrantes llegados a Estados Unidos y Canadá desde diversos orígenes lingüísticos.

    La medida se basa en la capacidad de los estadounidenses para aprender una diversidad de lenguas en periodos de tiempo determinados. La distancia lingüística (LD) se deduce como la inversa de la puntuación lingüística correspondiente a la dificultad de aprender una lengua determinada (LS), es decir, LD = 1/LS. Cuanto más bajas son las puntuaciones obtenidas en una prueba de aptitud estandarizada, mayor será la distancia entre esas distintas lenguas y el inglés.

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    Como todas las técnicas que se proponen para tales tipos de mediciones, la técnica de Chiswick y Miller también ofrece puntos débiles e inconsistencias. Una de ellas es que las distancias se miden usando como referencia las dificultades que encuentran los anglohablantes estadounidenses exclusivamente. Una segunda carencia se deriva del hecho de que no se dispone de medidas directas de esas dificultades para todas las lenguas, insuficiencia que se compensa de una forma subjetiva: deduciendo las puntuaciones con la ayuda de lingüistas. Una tercera carencia obedece al origen censal de los datos, cuya cualidad no es precisamente la precisión lingüística, comenzando por la inconsistencia en la simple denominación de las lenguas.

    Finalmente, la medición de las distancias también puede realizarse desde una investigación empírica con hablantes. Loudermilk (2015) se ha interesado por la percepción de las distancias entre variedades del inglés estadounidense. Para ello utilizó unos estímulos lingüísticos en un “test de asociación implícita” (IAT) y comparó a encuestados que dieron respuestas estereotipadas altas (“D alta”) con aquellos que ofrecieron respuestas estereotipadas bajas (“D baja”). El test IAT mide la fuerza de la asociación automática entre las representaciones mentales de los objetos (conceptos) en la memoria de una persona. A continuación, Loudermilk midió sus señales cerebrales mediante electroencefalografía, centrándose en el componente conocido como N400, que muestra una inflexión más abrupta para la presentación de estímulos lingüísticos menos esperados, lo que presumiblemente indica un mayor esfuerzo de procesamiento (Brown y Hagoort 1993). A propósito de la percepción de los estímulos con pronunciación del gerundio -ing como ING o como IN, los resultados apuntaron que los encuestados con “D alta” mostraron un efecto más marcado al oír IN en el habla sureña e ING en el habla californiana (par congruente), mientras los encuestados de “D

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    baja” mostraron un efecto más marcado al escuchar IN en el habla californiana e ING en el habla sureña (par incongruente). Para estos últimos, el par incongruente causó una mayor dificultad de procesamiento.

    3.2. Medición de distancias percibidas o ficticias

    Las carencias señaladas en las mediciones objetivas justifican la necesidad de recurrir a bases cognitivas y, por tanto, subjetivas para la interpretación de las distancias lingüísticas. Estas mediciones proporcionan resultados ficticios que, no por imprecisos, dejan de ser de interés para comprender la dinámica geosocial de las lenguas. A este respecto, nos limitaremos a apuntar las bases de algunas de las aproximaciones realizadas, con el mismo espíritu ilustrativo con el que abordamos la medición de distancias objetivas.

    En la base de las distancias percibidas, siempre se encuentra el concepto de “percepción”. Esta se define generalmente desde la psicología como la facultad mental o cognitiva, así como la acción, de recibir, elaborar e interpretar información procedente del entorno. La recepción generalmente se produce a través de los sentidos (Sedgwick 1986; Oviedo 2004). En el caso de la percepción de distancias, la percepción se basa en el juicio visual del observador sobre el tamaño y la distancia del objeto percibido. Este juicio se elabora mediante dos procesos: el primero interrelaciona la distancia percibida y el tamaño percibido, sin la intervención de otros mecanismos cognitivos (memoria, sugestión…); el segundo proceso incorpora la acción de estos otros mecanismos. Cuando ambos procesos difieren sobre el tamaño del objeto percibido, se puede producir una modificación de la percepción de su distancia (Gogel y Da Silva 1987). En el estudio concreto de la geografía, el espacio también es una realidad subjetiva y compleja en la que intervienen múltiples factores que son apreciados de modo diferente tanto por los individuos como por las comunidades (Vara 2010; Tuan 2010; Lemus y Urquía 2018).

    Cuando de espacios y distancias lingüísticos se trata, el “tamaño” de los objetos se interpreta como la relevancia o prominencia de los rasgos lingüísticos que caracterizan a cada lengua o variedad objetos de percepción (Kristiansen 2001). A su vez, la “distancia” se establece respecto de las características más relevantes de los individuos o comunidades. Esta interpretación nos acerca a su vez a algunos conceptos fundamentales del cognitivismo, como “centro” y “periferia” y “categorización”. De hecho, la sociolingüística cognitiva ofrece dos proposiciones básicas al respecto (Moreno Fernández 2012a):

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    a) La percepción de la variación y de las variedades lingüísticas responde a un proceso de categorización basado en un aprendizaje discriminatorio.

    b) La percepción de una variedad como central o periférica está relacionada con su prestigio cultural, político y económico, así como con su historia, lo que lleva a la existencia de variedades más prestigiosas y de variedades menos prestigiosas.

    3.2.1. El modelo focal

    A partir de aquí, la percepción de las lenguas y variedades y sus distancias puede ser interpretada de acuerdo con un “modelo focal”. El “modelo focal” propone una visión del espacio lingüístico basado en “tipos de lentes” distintos que provocan diferentes percepciones de la realidad y de las distancias entre variedades. Desde este modelo, existirían tres tipos fundamentales de percepción: monofocal, bifocal y multifocal (Moreno Fernández 2012b).

    En la percepción monofocal, la más común de las tres, la realidad dialectal es apreciada de forma subjetiva con una máxima precisión para la visión cercana, de lo inmediato, y una visión nula o escasa de lo externo y alejado del plano visual propio (visión de los miopes). Esta percepción monofocal es la del hablante que apenas conoce otras variedades más allá de la suya y las de su entorno inmediato; con ella, el nivel básico de percepción se correspondería con lo local y lo regional (pongamos, la variedad del español madrileño); el superordinado con las variedades adyacentes a la propia (pongamos las variedades castellanas o peninsulares) y el subordinado probablemente a las variedades internas de su comunidad (hablas vulgares o jergales, frente a hablas cultas). Esto significa que, generalmente, un hispanohablante con percepción monofocal solo es capaz de apreciar el aire de familia de las grandes variedades del español, así como las categorías subordinadas que se encuentran a escasa distancia, en un área geográfica muy reducida, pero no otras categorías intermedias: un madrileño común percibe que un hablante de Cuba es “americano”, pero no va más allá, y puede llegar a distinguir a un aragonés” de un “extremeño”, pero difícilmente distinguirá a un “bonaerense” de un “mendocino” o a un “habanero” de un “santiaguero”. Por este motivo, un hablante monofocal suele considerar que su modalidad es la “normal”, mientras que las demás son “dialectos” de la propia. De hecho, los hispanohablantes de las grandes ciudades (cualquiera de ellas) suelen pensar que son los únicos que hablan sin acento y que, por supuesto, no hablan un dialecto del español.

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    La percepción bifocal, de extensión creciente, es capaz de percibir tanto la realidad geolectal propia como la de los hablantes procedentes de otras áreas algo distantes, aunque bien diferenciadas. Se produce cuando el hablante conoce con detalle otro espacio dialectal de su lengua, bien porque ha vivido en él, bien porque ha tratado a personas procedentes de allá. En este caso, el hablante es capaz de entender la percepción ajena y de valorarla en relación con la propia, con ventaja para una o para otra dependiendo de la concurrencia en cada una de ellas de factores históricos, sociales y económicos o de prestigio. Desde esta perspectiva, el nivel básico de percepción puede ser bien el local, como en el caso anterior, bien el regional ampliado, por lo que un hablante puede considerarse básicamente como usuario de una modalidad “andaluza”, contrapuesta a una modalidad “mexicana” o “cubana”, según el acceso que haya tenido a otra u otras modalidades.

    Finalmente, la percepción multifocal es la que incluye la modalidad propia junto a un número indefinido de otras variedades de la misma lengua habladas en un espacio amplio y, por tanto, situadas a distancias variables. Cuanto mayor sea el conocimiento de otras variedades, más sensibilidad existirá en la percepción de matices dialectales; esto es, más progresiva será esa percepción. En la percepción multifocal subjetiva, el hablante es capaz de percibir lo cercano, lo intermedio y lo lejano a su propia modalidad. Cuando la percepción multifocal es objetiva, el hablante es capaz de distinguir las distancias relativas entre variedades y su nivel de similitud, percepción que solo está al alcance de los mejores conocedores de la lengua en su conjunto, generalmente los lingüistas.

    De igual forma que las distancias geográficas, las distancias lingüísticas pueden ser percibidas de acuerdo con la dinámica interna de las propias lenguas. Esta dinámica se basa, a su vez, en la naturaleza variable de muchos elementos de todos los niveles lingüísticos. La variabilidad nace, por un lado, de la naturaleza y las posibilidades del propio sistema lingüístico y, por otro, de las influencias extralingüísticas que este sistema recibe de factores como la

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    distancia temporal, la distancia geográfica, la distancia social y la distancia situacional. No se dicen unas mismas cosas de la misma manera cuando se procede de épocas diferentes, lugares diferentes, estratos o grupos sociales diferentes o se está en situaciones diferentes. Además, las características intrínsecas de cada lengua y las diferencias interlingüísticas son consecuencia del contacto entre lenguas y de la interacción social (Johnstone 2010).

    3.2.2. La categorización de variedades

    Como se ha comentado, la percepción de la diversidad y de la variación lingüística responde a un proceso de categorización basado en un aprendizaje discriminatorio. A su vez, la categorización es un proceso básico que implica la ordenación y simplificación de la realidad, pero manteniendo un grado suficiente de adecuación a ella (Morales y Huici 1999; Morales 2007). El modo en que ese proceso tiene lugar en los individuos ha sido explicado desde varias propuestas teóricas, que pueden aplicarse al modo en que se categorizan y se perciben las variedades lingüísticas y sus distancias. Esas propuestas teóricas se denominan “teoría del rasgo”, “teoría del ejemplar” y “teoría del prototipo” (Moreno Fernández 2001).

    Desde la “teoría del rasgo”, la presencia o ausencia de una determinada característica es la responsable de que un elemento sea adscrito a una categoría determinada, por lo que la percepción y categorización de las variedades lingüísticas se producen a partir de la identificación de unos rasgos lingüísticos determinados, si bien no todos los rasgos lingüísticos son propios de una sola y exclusiva variedad lingüística. Por otro lado, desde la “teoría del ejemplar”, la categorización de objetos depende del recuerdo de un ejemplar (caso concreto) y de la categoría a la que pertenece. La teoría del ejemplar sostiene que existe un principio de generalización que nos lleva a identificar como de la misma categoría a cualquier ejemplar que coincida con el recuerdo de un primero. En estos casos estamos hablando de experiencias específicas o de casos típicos e ilustrativos. Cuando se presenta un caso que no se ajusta a ningún ejemplar conocido, el individuo tiende a crear una nueva clase basada en el nuevo ejemplar. De este modo, una persona es capaz de identificar la procedencia lingüística de un hablante determinado al percibir la coincidencia de algunas de sus características con las de algún ejemplar conocido y recordado, generalmente en su contexto. Finalmente, desde la “teoría del prototipo”, la categorización se produce a partir de un prototipo, es decir, un conjunto abstracto de características comúnmente asociadas con los miembros de una categoría mediante la exposición a los miembros de tal categoría. De acuerdo con esto, “lengua española” es una

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    categoría mental prototípica a la que se adscriben sus variedades dialectales (López García 1998).

    Las diversas posibilidades de medir las distancias entre lenguas y variedades lingüísticas permiten, por ejemplo, establecer categorías relativamente objetivas como las propuestas por Henri Guiter, a las que se podrían unir otras determinadas por la perspectiva desde la que se considere la lengua: variedades sociales, variedades históricas, variedades estilísticas, variedades literarias… Sin embargo, la aceptación de argumentos de naturaleza cognitiva para descubrir y fijar las distancias, así como la categorización de los espacios, abre la posibilidad de proponer nuevas categorías. En esta línea, nos atrevemos a proponer tres nuevas categorías, que comentamos junto a una mínima ilustración que las ejemplifica: variedades percibidas, variedades concebidas y variedades imaginadas. Al hablar de “variedades”, hacemos referencia tanto a las consideradas lenguas, como a las consideradas como dialectos.

    Las variedades percibidas serían aquellas que un hablante considera lo suficientemente distantes y distintas de la propia basándose exclusivamente en su percepción subjetiva, sea a partir de rasgos, de ejemplares o de prototipos. Al tratarse de una realidad percibida, su existencia depende del hablante mismo y no de la identificación de tal o cual variedad de forma objetiva por parte de los expertos. Existen situaciones en que los hablantes creen estar escuchando una lengua distinta de la suya, cuando en realidad se trata de una variedad, más o menos alejada, de la misma lengua. Esto se puede observar, por ejemplo, entre hablantes portugueses y brasileños, al menos en una primera toma de contacto.

    Las variedades concebidas son aquellas que un hablante considera lo suficientemente distantes y distintas de la propia basándose en su concepción de cómo son o cómo deberían ser. Así, existen variedades que técnicamente no se adscriben a la categoría de lengua —probablemente por su escasa distancia lingüística, difusión social o prestigio—, pero que los hablantes pueden concebir como una lengua, con toda su legitimidad, aunque no disfrute del suficiente reconocimiento social o político. Podrían considerarse como lenguas concebidas los casos del bable en Asturias y de la fabla en Aragón, variedades concebidas como lenguas diferentes, auténticas y legítimas por una parte de la comunidad.

    Las variedades imaginadas son aquellas que los hablantes construyen socialmente cuando se perciben a sí mismos como miembros de ellas. El paralelismo con el concepto de “comunidad imaginada” de Benedict Anderson (1993) es evidente. Este tipo de construcción social puede encontrarse cuando un grupo crea un código de comunicación que es imaginado como una “lengua propia” cuando no tiene por qué serlo, por tratarse simplemente de una jerga profesional o social (juvenil, carcelaria, tráfico de drogas…). Asimismo, podrían considerarse

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    variedades imaginadas aquellas que se utilizan (aunque sea brevemente) en algunas obras de ficción y que los lectores o espectadores imaginan como de existencia cierta. En este caso, el concepto de “variedad imaginada” sería complementario del concepto de “idioma inventado” (por ejemplo, el na’vi, inventado para Avatar; el dothraki, inventado para Juego de tronos; el klingon, inventado para Star Trek, el pársel, inventado para Harry Potter…).

    4. Para qué sirve medir la distancia lingüística

    El interés por la medición de la distancia entre lenguas se ha despertado en diversos campos. Desde luego, la lingüística se ha interesado por las distancias a lo largo del tiempo, aunque haya sido precisamente esta disciplina la que haya demostrado en la práctica la precariedad, la falsedad y hasta la imposibilidad de las mediciones. Pero ello no ha debilitado el interés desde la sociología, el comercio o la enseñanza.

    Las distancias lingüísticas se han utilizado como factor explicativo en los procesos migratorios. Así, se ha podido constatar que la “distancia lingüística” influye en la elección de destino entre los inmigrantes y determina la lengua que adoptan en los destinos multilingües. Chiswick y Miller (1994) demuestran que los inmigrantes en Canadá tienen más probabilidades de instalarse en Quebec si proceden de un país de lengua romance que si proceden de un país con una lengua de otra familia. Además, entre los inmigrantes de Quebec, los procedentes de países de lengua romance tienen más probabilidades de convertirse en francófonos, mientras que los de otros orígenes lingüísticos (no ingleses) tienen más probabilidades de convertirse en anglófonos. En los Estados Unidos, se ha comprobado empíricamente que, cuanto mayor es la distancia entre la lengua de origen de un inmigrante y el inglés, menor es el nivel de dominio de la lengua inglesa del inmigrante, cuando otras variables relevantes son las mismas. En definitiva, la medición de las distancias resulta útil para explicar las pautas de migración internacional, la lengua adoptada en los destinos multilingües y los patrones de los flujos turísticos.

    Las distancias lingüísticas también son un factor decisivo en los procesos de integración social y de mediación dentro de las comunidades multiétnicas o plurilingües. Así, la capacidad de mantener una conversación en inglés o francés varía en función de la distancia lingüística con otras lenguas en Canadá, incluso en personas que llevan 15 años en ese país. En este caso, el 10% de las personas con mayor distancia lingüística en su lengua de origen tienen dificultades de integrarse por no hablar inglés o francés, frente a solo el 1% de las personas con menor

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    distancia. A los 15 años, en Canadá, solo el 5% de los que tienen la mayor distancia lingüística en su lengua de origen suelen hablar inglés o francés en casa, frente al 58% de los que tienen una más corta distancia lingüística de origen.

    Otra aplicación del análisis de las distancias lingüísticas se halla en el ámbito de la economía y el comercio. Hutchinson (2002, 2005), por ejemplo, utiliza la medida de distancia lingüística para el análisis del comercio internacional y llega a la conclusión de que una mayor distancia lingüística entre Estados Unidos y otros países reduce las importaciones y las exportaciones. Desde el proyecto “Valor económico del español” se ha analizado asimismo la incidencia de las lenguas compartidas para el establecimiento de flujos económicos y de vías comerciales entre España y el resto de los países hispanohablantes (Alonso, Jiménez, García Delgado 2023).

    Finalmente, la medida de la distancia lingüística puede utilizarse para otros fines, como la investigación, la evaluación, la planificación y el diagnóstico del dominio o el aprendizaje de lenguas adicionales, bien para un uso general, bien para fines específicos. En este campo, la percepción de las distancias es relevante. La figura del profesor como “ejemplar” singular en el proceso de categorización de la lengua que se aprende es muy significativa, así como la percepción de las distancias en los distintos niveles lingüísticos. Esa percepción puede responder a distancias lingüísticas objetivas, pero estas pueden magnificarse o minimizarse según la percepción de los aprendices.

    5. Conclusión

    Las informaciones y reflexiones que aquí se han ofrecido han tenido como objetivo presentar un panorama general de los análisis que se practican sobre los espacios y las distancias lingüísticas. Entre las conclusiones que pueden ofrecerse, más allá de la mera presentación de trabajos y propuestas, merecen destacarse dos. Por un lado, las distancias lingüísticas, así como los espacios, requieren para su adecuada comprensión y análisis el manejo de técnicas de experimentación, incluso cuantitativas, aplicadas sobre hechos lingüísticos objetivos. Junto a esta aproximación se presenta como imprescindible abordar los espacios y las distancias desde una perspectiva cognitivista, que atienda a las percepciones subjetivas. Por otro lado, las distancias lingüísticas demuestran su relevancia en ámbitos que van más allá de la lingüística, afectando a la sociología, la economía y el comercio o la enseñanza. En definitiva, esta aproximación a los espacios y las distancias lingüísticas nos muestra una de las claves del

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    cognitivismo: el mundo no solo es como es, sino que también es como se percibe e imagina, con todas las consecuencias que ello implica.

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